Lo llamaron a eso de las 10. Nicolás todavía estaba masticando una
rodaja de pan con manteca y pensó en dejar sonar el teléfono pero, la
contestadora se había roto el día anterior. Si era su jefe le iba a decir que
estaba enfermo, ya tenia el tono de voz ensayado, lo suficientemente rasposo
para justificar un día libre pero no tanto como para que le recomienden un
viaje al hospital. Era el tono perfecto, por la mañana Lucía se lo había
aceptado sin cuestionar y como abogada estaba acostumbrada a identificar
engaños.
Pero volviendo a la llamada. A último momento contestó. No era su jefe,
sus compañeros, su hermana, su madre, o Lucía. Pero era sobre Lucía. Era el
hospital, rápido y eficiente. Una voz de mujer, bien al punto con la práctica
de alguien que hacía esa llamada varias veces al día: ¿Puede venir, por favor?
Y si, ¡que le iba a decir! ¿Que la llamada era muy inoportuna? ¿Que le
interrumpía su enfermedad fingida? ¿Qué sus planes del día solo anticipaba ver
televisión?
Salió del departamento, sin cambiarse el piyama. ¿Sin cambiarse el
piyama?, se miró en una vidriera, vestía de traje aparentemente. Curioso.
Una moto. Nunca le gustaron, hacían demasiado ruido y eran peligrosas,
los conductores no obedecían las reglas de tránsito y, si era completamente
honesto, siempre había querido una pero ni el bolsillo ni el coraje se lo
habían permitido. Ahora las odiaba.
Entre las ironías de la vida Nicolás podía rescatar el amor que Lucía
tenía por las motos y la forma en que casi vibraba cuando describía la Futong
de su ex novio. Seguramente a ella ya tampoco le gustaban.
-¿Puedo verla? – Respuesta negativa...muy pronto...el cuerpo en
autopsia...llenar formularios...
Palmadita en la espalda y el médico pasó a otro paciente.
Una enfermera le indicó como llenar el formulario e incluyó el número de
una sala de velatorio. Si, muy eficiente. ¿Pañuelito? No gracias, no había
lágrimas, Nicolás imaginó que vendrían después y lamentó no haberlo aceptado.
La enfermera sonrió, amplia y roja mientra él terminaba de firmar. Solo un
trámite.
Los asientos de hospital deben ser lo más incómodo del mundo. Un señor
lloraba a su derecha mientras un doctor le hablaba, no, no era su doctor, pero
parecidos. El hombre también recibió una palmadita en el hombro.
Ya solo las luces artificiales iluminaban el pasillo. Una vez que se
duermen las piernas el asiento resulta más agradable. El pantalón del traje se
había arrugado, lástima que Lucia no lo iba a planchar.
Cinco niveles de escaleras y nadie, que raro que en un hospital no
hubiera ni enfermos ni doctores. Hasta una enfermera sería suficiente o Lucia,
ya estaba cerca.
Frío de muerte sonaba apropiado e insuficiente a la vez. Cerró la
puerta, solo él y los cuerpos, y ella, siempre ella. Había un hombre a su
derecha, o el contenedor vacío de un hombre, sonaba más dramático así. ¿Y que
es la vida, o la muerte, sin drama? Rió por primera vez en el día, después de
todo, los doctores recomendaban reír al menos 15 minutos diarios, y tapó al
contenedor con una bata abandonada. Se acercó a Lucia... que extraño verla tan
callada, casi dormida o demasiado dormida. La picó en el hombro, primero con un
dedo, después con dos. Nada. La sacudió un poco. Nada.
¿Qué hacer? Le dio la espalda y la espió en el reflejo de una bandeja.
Pero no, no se movía.
El traje prolijamente doblado y los zapatos alineados. Lucia no se veía
muy diferente pero algo esencial había cambiado, Nicolás retiró la sábana que
la cubría. Si, algo había cambiado, ¿pero que?. Se recostó sobre ella, un gesto repetido tantas noches,
tal vez encontraría lo que faltaba, escondido en algún pliegue olvidado. Su
cuerpo ayer recordaba un bolso lleno de soles, pero hoy recordó un pulpo, gris
y flácido, frío y esponjoso. Y el buscó.
Escuchó unos pasos acercarse y Nicolás aceleró el ritmo. Un segundo
antes de que se abriera la puerta encontró lo que buscaba.
Camila L. Longo