viernes, 16 de noviembre de 2012

El bar de la calle sur.

 Cruzó la avenida ansioso. Los ojos le brillaban aún en las sombras. Apuró su necesidad de compartir esos minutos en soledad. Sólo ella y yo, se dijo. Faltaba nada más que una cuadra. Absorto no registraba a la muchedumbre acompañándolo en su acelerada embestida. Cruzó la bocacalle como un zombie. Entró al bar de la esquina como quien llega para ver un espectáculo. Lo era. Eligió la mejor ubicación para que nada ni nadie obstaculizaran su visual. Ocupó su lugar y la vio. Ahí estaba, sonriente, perfecta. El vestido rojo, el mismo rojo que sus labios, exageraba aún más ese cuerpo sinuoso que invitaba a pensamientos de fantasías y deseos. A pesar de ello tenía algo raro. No parecía una chica como tantas. Él fijó la mirada, impávido, sobre el objetivo durante varios minutos. Nada lo distraía. Por momentos cerraba los ojos y soñaba. Soñaba sueños eróticos y vívidas escenas obscenas. Desfallecía. Cuando se puso de pie, alejó la silla de la mesa y cerró sus manos con fuerza. Se acercó lentamente hasta que estuvieron frente a frente. La tomó de la cintura: la excusa perfecta para conducirla por los ardides de sus deseos. Ella le apoyó la cabeza sobre el hombro. Sus bocas estaban tan cerca que no necesitó más para besarla. Bailaron con el silencio. Giros y vueltas con un vals ilusorio ayudaban a olvidar el despertar. De pronto ella abandonó ese momento utópico y regresó rápidamente a ocupar su lugar para no ser una chica como tantas. Al dia siguiente cruzó la avenida más ansioso aún.
El mismo bar de la esquina Sur. La misma mesa. Fijó la mirada pero el objetivo no era el mismo. El cartel mostraba un automóvil a gran velocidad cruzando un paisaje colorido y montañoso. No habrá sueños, ni erotismo, ni baile, pensó. Dudó y entrecerrando los ojos que ya no brillaban bajó la mirada. Alguien me robó el futuro, pensó. ¿Cuando? ¿Anoche? ¿Hoy de madrugada?. No importa cuando. Alguien había destruido un sueño de amor que otro había construido sin más herramientas que las que se necesitan para construir un sueño. El inoportuno ruido de la calle ha invadido el bar. Eso lo ha enfurecido. Quiere pensar, saber por qué y no puede descifrarlo. Se palpó el cuerpo, los brazos, se acarició la cara y con sus dedos trémulos se refregó los ojos como tratando de comprobar si lo que estaba viviendo era real. Su mirada iba de la ventana hasta la nada. Empujó la silla, se puso de pie, recorrió a la mesa como una rotonda y se dirigió hasta la puerta. La ciudad olía a rancio, a traición. Buscó una explicación ¿Quién podía dársela? Con una mueca simuló una sonrisa aunque en sus ojos la humedad del dolor caía en lágrimas. Cruzó la avenida con las manos en puños. Su paso era lento y sin dirección. Seguramente ha de buscar construir otro sueño y otro y otro. Salvador Sturniolo

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