Esa noche mi hijo mayor decidió anotarse en mi lugar. Era mi
cumpleaños y mi familia quiso regalarme un día de descanso. Las atenciones de
mi mujer y mis hijos me colmaron más allá de lo que cualquiera pueda imaginar.
Pero yo también tenía mi propio regalo.
Sabía que en algún momento me impedirían el ingreso a mi
hogar y podía imaginar a mi familia llorando desconsolada. Aparte tenía la
certeza de que les costaría mucho más su futura vida sin mí. No tanto porque no
estuviese con ellos compartiendo sus sacrificios, sino por la crueldad de la
segregación.
Todos dormían plácidamente cuando comencé a saborear la
hojita que había escondido debajo de mi almohada. El sabor amargo del
insecticida pronto me durmió.
Adriana C. Sández
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