viernes, 16 de noviembre de 2012

La hormiga feliz


Me arrastraba con mi carga a cuestas cuando me detuve un instante a mirar a los demás. Los rostros de la mayoría de mi edad eran patéticos. La angustia les producía muecas de agotamiento.                         
Esa noche mi hijo mayor decidió anotarse en mi lugar. Era mi cumpleaños y mi familia quiso regalarme un día de descanso. Las atenciones de mi mujer y mis hijos me colmaron más allá de lo que cualquiera pueda imaginar. Pero yo también tenía mi propio regalo.  
Sabía que en algún momento me impedirían el ingreso a mi hogar y podía imaginar a mi familia llorando desconsolada. Aparte tenía la certeza de que les costaría mucho más su futura vida sin mí. No tanto porque no estuviese con ellos compartiendo sus sacrificios, sino por la crueldad de la segregación.                                                                       
Todos dormían plácidamente cuando comencé a saborear la hojita que había escondido debajo de mi almohada. El sabor amargo del insecticida pronto me durmió.
                                                                Adriana C. Sández

No hay comentarios:

Publicar un comentario