lunes, 19 de noviembre de 2012

De locura


Lo llamaron a eso de las 10. Nicolás todavía estaba masticando una rodaja de pan con manteca y pensó en dejar sonar el teléfono pero, la contestadora se había roto el día anterior. Si era su jefe le iba a decir que estaba enfermo, ya tenia el tono de voz ensayado, lo suficientemente rasposo para justificar un día libre pero no tanto como para que le recomienden un viaje al hospital. Era el tono perfecto, por la mañana Lucía se lo había aceptado sin cuestionar y como abogada estaba acostumbrada a identificar engaños.
Pero volviendo a la llamada. A último momento contestó. No era su jefe, sus compañeros, su hermana, su madre, o Lucía. Pero era sobre Lucía. Era el hospital, rápido y eficiente. Una voz de mujer, bien al punto con la práctica de alguien que hacía esa llamada varias veces al día: ¿Puede venir, por favor? Y si, ¡que le iba a decir! ¿Que la llamada era muy inoportuna? ¿Que le interrumpía su enfermedad fingida? ¿Qué sus planes del día solo anticipaba ver televisión?
Salió del departamento, sin cambiarse el piyama. ¿Sin cambiarse el piyama?, se miró en una vidriera, vestía de traje aparentemente. Curioso.
 Una moto. Nunca le gustaron, hacían demasiado ruido y eran peligrosas, los conductores no obedecían las reglas de tránsito y, si era completamente honesto, siempre había querido una pero ni el bolsillo ni el coraje se lo habían permitido. Ahora las odiaba.
Entre las ironías de la vida Nicolás podía rescatar el amor que Lucía tenía por las motos y la forma en que casi vibraba cuando describía la Futong de su ex novio. Seguramente a ella ya tampoco le gustaban.
-¿Puedo verla? – Respuesta negativa...muy pronto...el cuerpo en autopsia...llenar formularios...
Palmadita en la espalda y el médico pasó a otro paciente.
Una enfermera le indicó como llenar el formulario e incluyó el número de una sala de velatorio. Si, muy eficiente. ¿Pañuelito? No gracias, no había lágrimas, Nicolás imaginó que vendrían después y lamentó no haberlo aceptado. La enfermera sonrió, amplia y roja mientra él terminaba de firmar. Solo un trámite.
 Los asientos de hospital deben ser lo más incómodo del mundo. Un señor lloraba a su derecha mientras un doctor le hablaba, no, no era su doctor, pero parecidos. El hombre también recibió una palmadita en el hombro.
 Ya solo las luces artificiales iluminaban el pasillo. Una vez que se duermen las piernas el asiento resulta más agradable. El pantalón del traje se había arrugado, lástima que Lucia no lo iba a planchar.
 Cinco niveles de escaleras y nadie, que raro que en un hospital no hubiera ni enfermos ni doctores. Hasta una enfermera sería suficiente o Lucia, ya estaba cerca.
 Frío de muerte sonaba apropiado e insuficiente a la vez. Cerró la puerta, solo él y los cuerpos, y ella, siempre ella. Había un hombre a su derecha, o el contenedor vacío de un hombre, sonaba más dramático así. ¿Y que es la vida, o la muerte, sin drama? Rió por primera vez en el día, después de todo, los doctores recomendaban reír al menos 15 minutos diarios, y tapó al contenedor con una bata abandonada. Se acercó a Lucia... que extraño verla tan callada, casi dormida o demasiado dormida. La picó en el hombro, primero con un dedo, después con dos. Nada. La sacudió un poco. Nada.
¿Qué hacer? Le dio la espalda y la espió en el reflejo de una bandeja. Pero no, no se movía.
 El traje prolijamente doblado y los zapatos alineados. Lucia no se veía muy diferente pero algo esencial había cambiado, Nicolás retiró la sábana que la cubría. Si, algo había cambiado, ¿pero que?. Se recostó  sobre ella, un gesto repetido tantas noches, tal vez encontraría lo que faltaba, escondido en algún pliegue olvidado. Su cuerpo ayer recordaba un bolso lleno de soles, pero hoy recordó un pulpo, gris y flácido, frío y esponjoso. Y el buscó.
 Escuchó unos pasos acercarse y Nicolás aceleró el ritmo. Un segundo antes de que se abriera la puerta encontró lo que buscaba.
Camila L. Longo

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