Una rata se deslizó por la
viscosa panza de la noche
y en sus dientes, en jirones,
se llevó mi corazón.
Trasladándose despacio,
mientras la sangre gotea,
testigo
de la pelea, que anunciaba el desamor.
Entre las sábanas frías,
inmóvil y enmudecida,
mi alma yace vacía desangrada
por la ilusión.
Mientras las uñas se clavan,
revolviendo el amasijo
de gritos, desprecio y olvido
que tu boca me dejó.
No hubo cuidado en la huída,
sólo la sal en la herida
que tu crueldad dañina, como
a un toro apuntilló.
Aún siento la saliva,
deslizándose en mi cara,
fue tu ira, tan barata! la
que así me tatuó.
Y ahora escucho los tambores
que con sus ecos lejanos
llaman presto al aquelarre a
las víctimas del dolor.
Y me deslizo despacio, acudiendo a la llamada
de la hoguera engalanada con
los restos del perdón.
El perdón que se atraviesa y
en mi garganta provoca
el escupir la derrota que tu
puño me arrancó!
Verónica
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